Aunque hacía frío y todo estaba oscuro, la Luna había salido. La admiraba por ello. Siempre me habían advertido de que la noche era peligrosa para que una jovencita anduviese sola por el parque. Nunca lo había comprendido; ella siempre salía, nunca faltaba a su cita, a veces sola y a veces acompañada por cientos de pequeñas estrellas, como trozos de cristal que flotan en el aire al romper una ventana. Trozos incompletos que buscan completarse, que esperan encontrar en la infinidad de la noche aquél fragmento perdido, y que esperan iluminar el camino hacia casa con su brillo.
Aunque hacía frío y todo estaba oscuro, la noche me llamaba. Quería ver la vida entre las nubes nocturnas, quería admirar las flores que se alimentaban con la luz de la noche, a todos los seres que la esperaban y salían a su encuentro.
Fui al parque y me senté en la orilla del lago. Podía apreciar perfectamente cómo brillaba la noche. Estaba en un lugar preferente, como si estuviese en el mejor palco para presenciar la representación de una obra nocturna. La noche brillaba en el agua, en los nenúfares, brillaba en las sombras y en los árboles.
Podía escuchar cómo me llamaba Ella, tan hermosa y llena de luz, radiante de energía. Susurraba en mis oídos cosas que no podía entender, entonaba cánticos y melodías que me arrastraban a buscarla.
La busqué y la busqué por el parque, y ella me llamaba como una madre desesperada llama a una hija perdida. Ambas nos buscábamos en un abrazo, me llamaba con todos los sentidos. Me atraía con el olor de las hojas, me buscaba con el sonido del viento y el tacto del agua. Busqué en cada rincón, en cada lugar oscuro, pero Ella no estaba allí.
Sin ilusión, me senté de nuevo ante el lago. Ella seguía llamándome, cada vez más fuerte. La miré, en el cielo, y ella me abrazó. Entonces la ví, la encontré.
Me incorporé y me quité los zapatos. Poco a poco, fui entrando en el agua, y noté cómo cada molécula, cada gota de aquél líquido me envolvía y me abrazaba. Cada vez estaba más cerca, y podía sentir su fuerza. Sumergí las manos en forma de cuenco y las atraje hacia mí. Ahí estaba, tan hermosa, reflejada en el agua. Quise besarla.
Aunque hacía frío y todo estaba oscuro, yo ya no sentía nada. No sentía la brisa que agitaba las ramas, no sentía el brillo de las estrellas y no oía los sonidos que emitía la noche. Flotaba hacia el cielo, subía y subía. Podía sentir las nubes acariciándome, sentía cómo todos me esperaban.
Por fin, estaba a su lado. Podía entender lo que susurraba, podía entonar sus canciones. Podía brillar con ella. Como un cristal de una ventana, como si, por fin, la hubiese completado.